viernes, 18 de abril de 2014

Minas eran las griegas

Las mujeres en la antigua Grecia

Las mujeres casadas, las doncellas y las niñas mientras estaban al cuidado de sus madres y esclavas, permanecían en el gineceo, del cual salían en raras ocasiones. Allí crecían en la ignorancia. El cuidado que prestaban a los deberes domésticos y a su atuendo era todo el interés de su monótona existencia, y no había relación intelectual alguna con el otro sexo. Incluso en las ceremonias públicas actúan independientemente de los hombres. 
Ni siquiera el matrimonio cambiaba su situación. La doncella se limitaba a pasar del gineceo de su padre al de su marido, si bien en este último ella era la dueña absoluta. El esposo vigilaba su honor con celo, y no se consideraba que la mujer tuviera muchos más derechos que los de un esclavo doméstico. Recordemos cómo Telémaco ordena a su madre que vigile su huso y su telar en vez de interferir en los debates de los hombres. Los matrimonios felices no eran imposibles, aunque prevalecía la opinión de que la mujer era un ser de naturaleza inferior a la del hombre. 
Sin embargo los dorios observaban unas costumbres diferentes, y daban plena libertad a las doncellas para que se mostraran en público y se fortalecieran por medio del ejercicio físico. Hay que tener en cuenta que esta libertad no fue el resultado de ninguna consideración de igualdad entre ambos sexos, sino que se fundó en el deseo espartano de producir niños fuertes por medio de la adecuada preparación del cuerpo de las mujeres. 
La principal ocupación femenina, aparte de preparar las comidas, consistía en hilar y tejer. Las divinidades áticas están representadas en las artes como diosas del destino, tejiendo el hilo de la vida y luciendo como atributo una rueca. Incluso Helena recibió como regalo un huso de oro con una cesta de plata para guardar el hilo en ella. 
En cuanto a la preparación de la comida, la parte más dura, como moler el grano en molinos de mano para abastecer a los numerosos invitados, la realizaban las sirvientas. En el palacio de Ulises doce esclavas estaban empleadas todo el día moliendo trigo y cebada. Cocer y tostar carne sobre el asador también era tarea de las esclavas. En tiempos posteriores llegó a ser costumbre comprar o alquilar esclavos masculinos como cocineros. 
En cada casa, incluso en las de una riqueza modesta, se mantenían varias esclavas como cocineras, doncellas y compañeras de las damas en sus escasas salidas, al ser considerado impropio salir de casa sin la compañía de varias de ellas. Sólo abandonaban el hogar para hacer alguna visita a sus vecinas y para asistir a bodas, entierros y festivales religiosos, en los que sí representaban importantes papeles públicos. 
También era tarea femenina ir al pozo a buscar agua, lo que les proporcionaba otra ocasión de reunirse con otras mujeres. Casi todos los pozos eran comunitarios, ya que sólo los hogares más ricos podían aspirar a uno privado. 
Las representaciones de mujeres bañándose, adornándose, tocando y bailando son numerosas. La doncella ateniense, distinta de la espartana, no creía apropiado exhibir públicamente su habilidad y belleza física, pero tomar un baño parece haber estado entre sus costumbres diarias. Hay una pintura muy interesante en un ánfora del museo de Berlín en la que se ve el interior de una sala de baño. El espacio interior está dividido por una fila de columnas en dos habitaciones, cada una de ellas para dos mujeres. Probablemente el agua se llevaba a presión a las partes superiores de las columnas huecas, y la comunicación entre ellas se efectuaba por medio de tuberías. Los grifos tienen forma de cabezas de osos, leones y panteras de cuyas bocas sale el agua. Las tuberías, a cierta distancia del suelo, se utilizaban para colgar las toallas. Tal vez las llenaban de agua caliente para calentar la ropa. 
El columpio era una diversión femenina. En conmemoración de la muerte de Erigone, hija de Icario, se había decretado un festival en Atenas en el que a las doncellas se les consentía divertirse en el columpio. Hay ilustraciones en las que incluso aparece Eros impulsándolo. 
Una excepción dentro de la sociedad femenina griega eran las hetairas, mujeres libres y de esmerada educación, cortesanas que participaban en fiestas y banquetes de la aristocracia. Su misión era entretener con su oratoria y su canto, pero también con sus encantos físicos, a todos los invitados. Solían vestir con una ligera gasa que permitía apreciar sus encantos, o incluso llevar el pecho descubierto. Estas mujeres pagaban impuestos, y algunas de ellas gozaron de enorme influencia y prestigio social. 

Demóstenes dijo: 
“Tenemos a las hetairas para el placer, a las criadas para que se hagan cargo de nuestras necesidades corporales diarias y a las esposas para que nos traigan hijos legítimos y para que sean fieles guardianes de nuestros hogares”. 

Bibliografía: 
Los griegos – E. Guhl y W. Koner

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